Doce maratones en doce meses: Con la cabeza fría y el corazón ardiendo
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El último día de enero, un profesor de física llegó solo a una pista con plátanos, vasos de agua y unos conos que había comprado para marcar la partida. No había público. Hizo la cuenta regresiva él mismo y empezó a dar vueltas. Cuatro horas más tarde había completado los 42,195 kilómetros sin salir del óvalo.
Esa fue la primera de doce. Nelson Sepúlveda es ingeniero físico, profesor de física y matemática y secretario académico del departamento de física de la UMCE. Este año se propuso correr una maratón cada mes durante todo 2026 y va por la octava. Le preguntamos de dónde salió el desafío, cuánto cuesta sostenerlo, cómo entrena entre una carrera y otra, y qué le diría a alguien que hoy está pensando en su primer 42K.

Doce maratones en un año: un calendario que había que inventar
La primera dificultad no fue física, fue de agenda: el desafío que había imaginado no cabía en el calendario chileno.
“No hay doce maratones en un año en Chile, ni buscar tan cercano.”
Así que hubo que construirlo. En enero no había ninguna carrera, y por eso corrió los 42 kilómetros solo en una pista. El resto del año lo obligó a salir del país: Lima en mayo, São Paulo en julio, Asunción en agosto y Buenos Aires en septiembre.
De aquella pista se acuerda con humor: cuatro horas mirando el mismo óvalo, sin sombra, con el sol de frente al mediodía.
“Está todo marcado y parece una locura porque ves el loop infinito. Yo lo veo: el infinito se puede acotar.”
Tres años sin correr: la fractura que originó todo
Para entender por qué doce hay que retroceder a 2016. Nelson acababa de entrar a trabajar a una universidad y unos colegas lo invitaron a jugar a la pelota. Se fracturó el tobillo con desplazamiento: pabellón, una placa que ya no se saca, tres meses en cama y tres años sin correr.
Tres años no son una pausa. Son tiempo suficiente para que el cuerpo desaprenda. Volvió caminando despacio, después trotando un kilómetro, y le costaba llegar a dos. La pandemia estiró la vuelta todavía más. Cuando por fin logró completar cinco kilómetros seguidos, dice que fue espectacular.
El desafío nació de ahí, y no lo pensó como hazaña sino como método: doce fechas obligadas, una por mes, para no volver a soltarlo nunca más.
“Fue una forma de volver a correr.”
Del colegio al cerro: dónde empezó todo
Nelson iba en segundo medio cuando armaron un taller de atletismo en la clase de educación física. Descubrió que era más rápido que sus compañeros y ganó una carrera comunal de 800 metros. Lo que recuerda de ese día no es el primer lugar, sino el esfuerzo entre la partida y la llegada.
Después vino la universidad y dejó de correr. Estudió física, entró al doctorado y volvió al running por una razón poco romántica: era lo único que le bajaba el estrés. Un día se metió sin preparación a una carrera de cerro de 26 kilómetros y terminó con los pies llenos de ampollas.
“Lo encontré espectacular. Esa fue haber descubierto dónde era la locura, dónde pertenecía.”
De ahí en adelante los fines de semana fueron del Parque Cordillera, y con los años llegó a la ultradistancia: fue noveno en el Atacama Crossing, 250 kilómetros por etapas, y ganó los 100 kilómetros de Ica Paracas en el desierto peruano. Pero esa es otra historia, y da para contarla aparte.
Entrenar sin dedicarse a esto: lo que nadie ve del desafío
Hay algo que Nelson aclara cada vez que puede, y conviene decirlo antes de seguir.
“Yo no me dedico a esto. Cuando converso con algunas personas me dicen: sí, sí te dedicas a esto. No, no me dedico a esto.”
Tiene un trabajo de jornada completa y un hijo pequeño. El entrenamiento se mete donde cabe: cambiar el almuerzo por una salida a trotar, irse corriendo al trabajo en días de menos dos grados, ducharse con agua fría al llegar si no hay caliente.
Su entorno tardó en entenderlo. Al principio la familia y los colegas del laboratorio trataron el proyecto como una locura; hoy lo ven como una disciplina que le ordena la vida.
Pero de todo lo que contó, hay una frase que resume mejor que ninguna lo que significa sostener esto sin público. Fue en la pista de enero, en el kilómetro diez.
“Estoy solo, esto es una locura, está todo marcado… si lo dejo ahora, nadie va a saber.”
No lo dejó.
El método: cómo se prepara un cuerpo cada treinta días
Correr una maratón al mes no es repetir doce veces la misma preparación. Nelson lo trata como un experimento, con su propio cuerpo como modelo.
“¿Cuánto tiempo necesito para recuperarme de un maratón? ¿Y cuánto tiempo necesito para prepararme la última fase? Son dos curvas que se van a juntar. Hay un punto cúlmine que no he encontrado, y estoy buscando ese punto preciso.”
Los números son menos espectaculares de lo que uno imaginaría: no pasa de 50 kilómetros semanales, con salidas base de 10 y fondos largos de 17. Sus maratones están entre 3 horas 30 y 3 horas 40, y tiene el diagnóstico hecho: mientras más volumen suma, mejor se siente para la distancia larga, pero más le cuesta bajar el reloj.
La recuperación empieza el mismo día de llegada y no incluye sofá: caminatas de dos a cuatro kilómetros, mucho líquido, manzanilla y té con miel, menos café. Lo único que agregó a su alimentación de base fue creatina, después de leerse los estudios.
Lo milimetrado es la semana previa. Los carbohidratos suben, la proteína baja y la hidratación va en escalera: un litro de isotónico lunes, martes y miércoles, dos el jueves y viernes, tres el sábado. Llega tan hidratado que en Temuco fue seis veces al baño antes de formarse.
Entrena sin música, porque son las horas que tiene para pensar. Y por eso repite que el nombre del proyecto engaña.
“No son doce maratones. En realidad son doce experiencias distintas.”
São Paulo: cuando la preparación no alcanza
La séptima lo demuestra. Para dormir bien se hospedó a cuatro cuadras de la partida, lo que en el papel era correcto. Lo que no revisó fue la cuadra de atrás: la Rua Augusta.
“El ruido que oía, la cantidad de música, el olor a carne asada y el olor a fiesta. Fue a las 10, a las 11, a las 12, a la 1, a las 2. A las 3:30 no había dormido nada.”
Se duchó y salió a correr igual. Tras completar la carrera y volver al hotel, descubrió que en recepción había una cajita con tapones de oído: los tenían porque en esa calle nadie duerme. Su diagnóstico del error no es el ruido, sino no haber estudiado el entorno.
Pero esa misma mañana, en esa misma carrera, pasó algo más.
Lo que más le preocupa: la seguridad en las carreras masivas
“Alguien de los 21 kilómetros se desvaneció al cruzar y falleció ahí. Falleció porque la ambulancia no alcanzó, no tenían un desfibrilador y no lo pudieron llevar al hospital. Estamos hablando de que fue la semana pasada.”
Es el tema en el que más insiste, y no es el que uno espera de una entrevista de running: el maratón se masifica, lo cual celebra, y la infraestructura médica no crece al mismo ritmo. En Lima escuchó ambulancias desde el kilómetro 21 en adelante.
Habla con autoridad ganada de mala manera. Una vez lo auspiciaron para una carrera en el desierto y le llegó una neumonía encima. Fue igual, sabiendo que no correspondía, y hoy lo califica de irresponsable. Esa edición terminó suspendida: una corredora que había partido una hora antes murió de muerte súbita en el kilómetro 15.
Sus propuestas no son caras: un electrocardiograma accesible en la Expo Running, filtros de tiempo como el que estrenaron los 21K de Viña. Y sobre todo, criterio.
“Es mayor la necesidad de que haya algo, un filtro médico, pero que colabore con el corredor, que no lo desentusiasme.”
Su mensaje para quien va por su primera maratón
Le pedimos un mito del running para derribar y no lo pensó dos veces: que el maratón es exclusivo para algunas personas.
“Cualquier persona puede correr el maratón, pero hay que hacerlo responsablemente.”
A quien dice que no tiene cuerpo de maratonista le responde con lo que ha visto en carrera: corredores ciegos con guía, personas en silla de ruedas, personas a las que les falta una pierna o las dos. Muchas limitantes, dice, están en la cabeza.
Y sobre el error número uno de quien va por su primer 42K, la respuesta no tiene nada que ver con el entrenamiento.
“No disfrutarlo. No disfrutar el proceso.”
Su consejo para partir es deliberadamente modesto. Si no has corrido nunca, uno o dos kilómetros, y subir el volumen con paciencia junto a otros, en un club del barrio o un social run. Seis meses le parece un plazo razonable para preparar una primera maratón.
“Comenzar hoy día es el mejor momento para comenzar.”

Lo que viene después de la doce maratones
El desafío termina el 13 de diciembre en Mataquito. Antes le quedan Asunción, Buenos Aires y Viña del Mar.
Pero el proyecto no se acaba ahí. Desde enero viene escribiendo lo que le pasa en cada carrera, lo que probó, lo que resultó, lo que salió mal, y todo eso va a terminar siendo un libro.
No es una crónica deportiva: es el registro de un experimento sobre su propio cuerpo, pensado para que le sirva a quien venga detrás.
Y ya tiene la siguiente carrera: Asunción, la que corre este mes, es una de las cinco del Mega Finisher latinoamericano, el circuito equivalente a las Majors en esta parte del mundo: el próximo año quiere completarlo con Brasilia y Uruguay. Más adelante apunta al Badwater.
Y hay algo que le da vueltas aunque todavía no se decide: el triatlón. El problema es el primero de los tres deportes. “Sobrevivo, pero no nado. Me encantaría, pero no me he atrevido.”
¿Qué enciende tu potencial?
Le preguntamos a Nelson qué significa para él encender su potencial. Respondió corto: darse cuenta de que es posible, y que eso está en la cabeza.
“La motivación puede ser esa llamita chiquitita al interior. Hay personas que son llamitas, se acercan y encienden a todo.”
La última pregunta fue qué le diría a alguien que hoy está dudando de inscribirse en su primera carrera.
“Lo primero y lo más complejo es tener la cabeza muy fría, en función de las sensaciones, de los dolores musculares, de los dolores internos, la resiliencia. Pero tener el corazón ardiendo. Esa es la motivación: la cabeza fría y el corazón ardiendo. No hay otra forma de lograr el maratón si no tienes esa base.”